La pandemia como pregunta

Escribimos. Escribimos apresurados en un mundo que se ha detenido.

Rápidamente, se ponen a jugar hipótesis pre-fabricadas, y quien veía estado de excepción, vio la ocasión para el estado de excepción; y quién veía un sistema económico en colapso, ve la evidencia misma de lo que consideraba iba a pasar. Un juego de apuestas con fichas de otra partida, y en el borde de la mesa, un virus se ríe mientras el crupier baraja las cartas. 

Tal vez sea éste un momento de verificación de hipótesis pre-existentes, no lo niego. Aunque, tal vez, también sea un buen momento para no intentar teñir el presente de colores conocidos; un buen momento para, como señaló Pablo Rodriguez, dejar de buscar “la” explicación en una serie de lugares comunes y animarnos a salir de estos sitios cómodos en los que alguna vez nos hallamos.

Seguramente estemos de acuerdo en que el carácter transformador de una crisis tiene menos que ver con lo disruptivo del suceso que con las respuestas que frente a él se generan. Una crisis puede ser la ocasión de generar aprendizajes y transformaciones, o bien, puede producir respuestas regresivas, como señala Maristella Svampa fue el caso del 2008, en el que -salvatajes económicos mediantes- se terminó recompensando a los responsables del colapso. Le dieron una nueva vuelta de cuerda al reloj mientras mirábamos para otro lado. Parece que hoy el reloj se detuvo de nuevo, ¿hacía dónde vamos a mirar?

Considero que la crisis que está provocando esta pandemia re-abre la posibilidad de preguntarnos sobre algunos pactos intersubjetivos (Kaës) sobre los que se asienta nuestro tejido social actual. Entre ellos, un acuerdo que prioriza la responsabilización individual y/o familiar de los problemas, dejando de lado e incluso renegando de la interconexión de nuestras vidas. Un modo de gestión de lo común que descansa de sobremanera en resoluciones individuales de tareas que le exceden, y que va desde axiomas como el empresario de sí mismo -a quién se le enseña a invertir y gestionar su dinero, su tiempo y sus afectos-, hasta el sálvese quien pueda -y como pueda- como expresión máxima del individualismo y la destitución de la solidaridad como valor. 

Un acuerdo fundado en la ilusión de que lo mejor para cada individuo coincidiría mágicamente en lo mejor para todos, desconociendo las diferentes dimensiones del problema y renegando del trabajo psíquico que implica estar con otros, tolerar las diferencias, generar acuerdos. Al estilo de los mejores actos analíticos, ésta situación pandémica ha dejado al descubierto el impacto que tienen las acciones de cada quien en el conjunto y lo intrínsecamente relacionados que está lo singular y lo colectivo.

A su vez, un segundo pacto intersubjetivo que pone en cuestión esta crisis es el referido al tratamiento del tiempo. Un pacto que fundamenta la dedicación de cuantiosos recursos para acelerar los procesos, para que las cosas se hagan más rápido, para que la vida nos cueste menos tiempo. Como contrapartida, una demora, una espera, una trayectoria, un proceso que desvalorizado y, muchas veces, denegado. En tiempos de destiempo radical, del apuro como sistema de vida, de la sobrecarga como valor, paradójicamente o como contrapunto necesario, nos vemos obligados a detenernos y nadar en el flujo de un tiempo que parece ganar la pulseada. Si éste virus vino a reafirmar algo, es que hay cosas que llevan un tiempo, y a veces, de eso no se puede renegar.

Bifo Berardi define un razonamiento de coyuntura: “Rebelarse se ha revelado inútil, así que detengámonos”. Imposibilitados los mecanismos de acción, reacción y defensa habituales, lo único que nos queda es detenernos. Sin embargo, detenerse es un acto, y también, un acto político. Esto, que cualquier huelga lo tiene como verdad de perogrullo, en esta ocasión tiene como particularidad la magnitud y la fuerza de esta detención. Tal vez lo novedoso es el ensayo masivo al que nos vemos enfrentados y la experimentación de sus efectos en diversos planos. 

En el plano subjetivo, considero que las palabras de Berardi se podrías reescribir: Correr se ha revelado inútil, así que enfrentemoslo. Hoy, el correr como un modo de sobrellevar -huidizamente- los problemas está imposibilitado -ya que, como dijo Alexandra Kohan, “el mundo se detuvo y quedamos pedaleando en el aire”-. Entonces, imposibilitada la huida y la negación, no nos queda otra opción que volver sobre nuestros pasos y enfrentar las dificultades que nuestras relaciones cotidianas implican, y sobre todo, la relación con nosotros mismos. La cuarentena cerró la puerta, y por primera vez en mucho tiempo, quedamos a solas con nuestras verdades.

Por último, el otro pacto que ha sido puesto, al menos, en evidencia, es aquel que sostiene el crecimiento a costa de la vida misma. Un pacto que se guía, como lo definen desde el Colectivo Malgré Tout, por  “un deseo patológico de desregulación orgánica que se asienta sobre la negación de los límites biológicos y culturales”. En primer lugar, un programa de desarrollo económico que tiene fecha de caducidad por sus nocivos efectos en la naturaleza. En segundo lugar, un programa de desarrollo social a costa de una porción cada vez más grande de personas que quedan afuera del proyecto. Y en tercer lugar, un programa de desarrollo personal a costa de nuestra salud física y mental. No creo exagerar si digo que todos sabemos que esto pasa, pero lo negamos ¿Será, acaso, que estamos frente a un retorno de lo escindido/reprimido?

Entre tanta incertidumbre, aparecen las primeras postales de un posible mundo post-coronavirus: el Estado monitoreando movimientos, vinculaciones y temperaturas corporales (que incluyen un cuadro de Foucault que nos mira con soberbia, y la consagración de Byung-Chul Han); personas trabajando desde sus casas, entre videollamadas y teleconferencias, con cafés que se enfriaron hace rato y convocatorias a huelgas cibernéticas por el derecho a la desconexión laboral (Scasserra); tapas de diarios con temas ligados a la salud pública y, ojalá, una bandera blanca sobre la vida, con un mundo que vuelve a respirar.

Entre tanta incertidumbre, dos preguntas se vuelven insoslayables: ¿cómo llegamos hasta acá? y ¿cómo queremos seguir? Preguntas íntimamente relacionadas, y a las que cada quien intentará responder desde la porción de mundo que le toca. Preguntas que hoy están en el centro de un debate colectivo que es imprescindible dar -como dice el poeta Leandro Calle-  para que no me funden otra vez/ la patria arrojando cadáveres.

Referencias:

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