Algunas reflexiones sobre la práctica de escribir académicamente.

La práctica profesional está cada día más atravesada por la necesidad de escribir. En términos generales, las producciones son muy variadas en estilo y propósito. Van desde la redacción de un registro para una supervisión hasta trabajos de carácter netamente científicos que deben ser redactados bajo estrictas normas.

Desde luego, la tesina de grado es el primer gran desafío. El paso de los años viene acompañado de otros escritos como presentaciones a congresos, trabajos para postgrados, artículos para revistas, informes, otras tesis… en fin, hasta dónde llegue la escritura para cada quien.

Hacer el esfuerzo de publicar lo que alguien está trabajando es más que noble. Son instancias que permiten ponernos a reflexionar, hacer una pausa y dar cuenta de lo que estamos haciendo, comunicarlo a otros. Es una invitación a salir del aislamiento al que muchas veces nos vemos compelidos. También implica poner en cuestión nuestras prácticas, presentarla a la mirada de colegas. En el mejor de los casos, aparecerá una palabra que desde la crítica constructiva ayudará a abrir campos de pensamiento.

Ahora bien, la redacción, como toda práctica, implica un conjunto de reglas que son muy particulares. Así sucede que frente a la exigencia gramatical de la escritura suelen venir a nuestra mente el rostro difuso de nuestras maestras de lenguas de la infancia. Ellas, desde nuestros recuerdos, nos miran aireosas. Llevan aún bajo el brazo el manual de lenguas Santillán como un trofeo. Hoy, ya tarde, uno no puede más que reprocharse no haberle prestado más atención en esos años tan inocentes… ¿Cómo demonios era que se construía un párrafo?

No sólo se padecen las desatenciones del pasado, sino que la carrera misma suele llevarnos a escribir de un modo sumamente retorcido. En el mundo de la psicología son ejemplares algunos escritos del campo psicoanalítico. En una inversión de valores digna de un análisis más profundo, el escribir de un modo poco claro pasa a ser una condición sine qua non para que un texto tenga estatuto. De este modo, cae en el vacío la actitud de exponer claramente nuestros desarrollos y procesos de pensamiento para poder debatirlos sin enunciados crípticos. Una actitud que podríamos definir, en última instancia, como una cuestión de poder. Una de las hipótesis que explica este proceder es que escribir “en difícil” es una forma de diferenciarse, jerarquizarse; un modo de distinción simbólica del mundo académico.

En este escenario, escribir es un desafío enorme. Vale la pena destinar tiempo y esfuerzo a capacitarnos, ya que existen abundantes recursos para perfeccionarnos en esta tarea y hacerla más sencilla y agradable.  Los problemas para empezar a escribir, por ejemplo, son más comunes de lo que a veces uno se imagina. Tal es así que ya se ha consensuado un nombre para este mal: “el síndrome de la hoja en blanco”. Simpático, ¿no?

A pesar de todo, este esfuerzo vale la pena. Resulta sumamente valioso producir desde nuestras experiencias, sistematizar. El intercambio de conocimientos producidos localmente es una ayuda para otros y otras que están trabajando en condiciones similares. Por más que puedan existir ciertos parecidos, Francia no es Argentina, Buenos Aires no es Córdoba. Por lo tanto, la producción de conocimientos locales es en general un aporte importante.

La invitación es, en definitiva, a tomarnos en serio este aspecto de nuestra práctica y dedicarle el tiempo necesario para adquirir recursos que nos permitan, en definitiva, realizar la trasmisión del modo más deseado y aportar a un debate académico que tanta falta nos hace.

Pablo Salcedo y Francisco Ghisiglieri

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