ESO QUE RESISTE Y SE LLAMA MARADONA por SILVIA BLEICHMAR

por SILVIA BLEICHMAR

(Publicado en Revista Nexos, México, Junio de 2002)

En un país cuya población resiste diariamente al despojo ya no sólo de sus bienes sino de su identidad, en un país que se resiste a la agonía de despojarse de su identidad para asumir esa otra, supuestamente más verdadera, que los acreedores del primer mundo le proponen, en ese país que resiste, resiste también el amor a Maradona.
Villa miseria no es una favela ni tampoco es un morro, no es un simple espacio de pobreza enclavado en la periferia de una ciudad rica. Una villa miseria no tiene -salvo que se proponga construirla- una identidad que permanezca; es un fragmento de humanidad en tránsito que se alberga circunstancialmente con cartones y latas, con lienzos y plásticos. Y esta circunstancialidad se extiende a lo largo del tiempo sosteniéndose más allá de lo previsible: se la erradica y vuelve a formarse, se la expulsa y permanece, la arrasan por la noche los camiones policiales o del ejército y reaparece por la mañana, tenaz, férreamente, contra toda predicción, mostrándose como un espantapájaros urbano al lado de las autopistas.
Las villas miserias no forman escolas do samba ni tienen poetas que les cantan. No pertenecen a la pobreza endémica sino a los restos marginados de un país en tránsito: hacia arriba o hacia abajo, por desarrollo disparejo o por pauperización degradante. Se trata siempre de los expulsados de la tierra, en una época los «cabecitas negras», luego los «negros villeros», pero siempre «el morochaje», la turba excluida que logró, a lo sumo, en algún momento de la Argentina, su lugar como base de apoyo de algún proyecto político de mediano tiempo y corto alcance.
En rebelión con el destino no sólo económico sino geográfico, una que otra vez surge del barrial de la villa en el cual los chiquilines patean pelotas que perros hambrientos les disputan, alguien como «El Diego»; alguien que tal vez inventamos una tarde de domingo en la cual nos sentimos de golpe terriblemente solos, muy huérfanos, muy niños, y dijimos: «hagamos un Dios a semejanza de lo que quisimos ser y no pudimos».1
Un Dios, no un Rey, porque fue hecho a imagen y semejanza de nosotros mismos. Alguien que necesita aunar el talento y el amor a los suyos, para surgir de la multitud sin separarse de ella y para, adherido a la identidad de los perdedores, seguir jugando periódicamente con los chicos de Villa Fiorito para darles una alegría; rehusarse a ser políticamente correcto, bien vestido, ahorrativo, healthy, bien comido, imagen publicitaria de un banco o de un seguro de vida, y también para exhibir un brazo desde el cual el Che Guevara redobla con su mirada severa la Argentina que lanza periódicamente al mundo hombres dispuestos a convertirse en símbolo de resistencia a lo políticamente correcto, en fractura con lo establecido, dispuestos a devenir paradigma de lo imposible antes que constituirse en un emblema más del escudo de los ganadores (aunque eso implique asumirse como escandalosamente ridículo, envuelto en un visón blanco o con un arito de brillantes, y transgredir la moral pública teniendo hijos regados por el mundo y novias de infancia devenidas esposas que disimulan detrás de sus pelos oxigenados las oscuras raíces que titilan en el emblema irreductible de las cejas y la cría).
Por eso, si «la mano de Dios» fue el retorno de la mal llamada viveza criolla, de ese conjunto de artimañas empleadas para sobrevivir en un país ocupado de inicio por la oligarquía y en cuyos resquicios se acomodaron como pudieron, para sobrevivir, el mestizaje de provincia y los herederos de los barcos, la picardía no sólo no opacó en su coexistencia el accionar del Diego en la cancha, sino que resaltó el talento desaforado, irrepetible, con el cual los ingleses recibieron su derrota no a manos de un conjunto de milicos aventureros que mandaron a la muerte a sus propios soldados, sino de ese negrito villero, maravilloso cabecita, que les metió el gol más extraordinario de la historia del fútbol en ese partido del Mundial de México 86, producido en el zaguán mismo del triunfo final del campeonato.
En un país como la Argentina que se desangra desde hace más de treinta años, en un país que se empobrece hasta la infamia por la corrupción de sus clases gobernantes, en un país en el cual hasta los niños de esa clase media que clama con sus cacerolas el despojo del cual fue objeto por parte de los bancos sueñan con ser fubolistas para salvarse y en el cual una clase obrera en exclusión lucha contra su extinción rechazando el asistencialismo y poniendo a trabajar las fábricas abandonadas de las cuales fueron despedidos, en un país cuya población resiste diariamente al despojo ya no sólo de sus bienes sino de su identidad, y en el cual en medio de la pauperización dominante se invaden las plazas para discutir el destino de la nación pero también para generar espacios de arte con vecinos que se niegan a transformarse sólo en una boca hambrienta y un cuerpo sin medicamentos, en un país que se resiste, en definitiva, a la agonía de despojarse de su identidad para asumir esa otra, supuestamente más verdadera, que los acreedores del primer mundo le proponen, esa identidad de pobretones creídos que quisieron ser algo más que aquello a lo cual su destino geográfico los condenaba, en ese país que resiste, resiste también el amor a Maradona.
No sólo por su genialidad irrebatible, por sus trampas y caídas, que no convocan a la piedad sino al odio de los argentinos, sino porque hay algo en él, algo de la persistencia del ser, de resistencia identitaria, en esa amalgama de talento y transgresión que es patrimonio de los excluidos que descreen de toda redención posible en el marco de lo instituido.


1 Humberto Constantini: «Gardel», en Cuestiones con la vida. Ed. Katún. México, 1982

Written by 

Sobre mi: buscador incansable. De a momentos escritor pero antes lector curioso. Apasionado por la cultura en todas sus formas de expresión. Sobre mi profesión: Lic. en Psicología. Psicólogo Clínico. Psicólogo Forense (Perito Oficial-Poder Judicial-). Correo: pablosalcedo@outlook.com

Deja una respuesta