Una nueva tarea: cuidar la intimidad

Hay un hecho que puede ser considerado un síntoma de época: desde hace unos años, en unos pocos segundos, imágenes que no deseamos que sean expuestas pueden circular masivamente. Así lo demuestra la enorme cantidad de videos y fotografías que develan algo que se suponía del campo de la intimidad de una persona. Lo que en un primer momento fue cosa de famosos y famosas, se ha volcado a toda la sociedad, y quienes mirábamos podemos ser mirados en un instante. Nos convertimos, también, en material para la sociedad del espectáculo en su versión 2.1. Una sociedad que ni permite el olvido ni promueve historizar.

Sobre esta situación quisiera invitar a que reflexionemos en conjunto. Nos convoca desde diferentes lugares, pero especialmente si nos pensamos en el lugar de acompañantes de procesos subjetivos. Procesos que se ven acechados en su autodeterminación de un modo totalmente novedoso. Frente a esto, mi propuesta es ejercitarnos en una ética del cuidado (de nosotros mismos, de los otros y del medio ambiente).

Desde un ámbito más restringido, más psicológico, se me ocurren dos señalamientos para aportar a la comprensión y que pueden ayudar a limitar el abordaje moralista que el asunto puede conllevar. Por un lado, que en los vídeos que se producen y circulan seguramente están en juego satisfacciones pulsionales referidas a los juegos de mostrar y mirar, a la exhibición y el vouyerismo. Estas actividades, en sí mismas, poco tienen de moralmente valorable o reprochable. Por el otro, que en algunos casos la necesidad de compartir estas producciones referidas a una experiencia de alta carga erótica puede responder a la necesidad de tramitar o metabolizar esa experiencia, aunque con la particularidad de que ubican al interlocutor en el lugar de testigo visual del hecho. Esto tiene un límite evidente, algo que sí es moralmente reprochable ya que por lo general se difunden vídeos sin el consentimiento del o los protagonistas.

Me resulta difícil pensar en algún equivalente en los miles de años que tenemos como humanidad. Si se lo piensa en términos de procesos sociales, este problema tiene -dependiendo del grupo social en el que se piense- unos 10-15 años aproximadamente de existencia. Un tiempo relativamente muy  corto si se piensa en tiempo históricos. Se podría alegar que el desarrollo tecnológico nos tiene acostumbrados a estas exigencias. En poco tiempo aprendimos a andar en autos, a ver televisión, a usar electrodomésticos, a las redes sociales. De todos modos, es de destacar que en el caso de la producción y difusión de medios audiovisuales por redes sociales, ni siquiera hubo lugar para alguna transmisión generacional. Quienes hoy son los actores de este escenario, en general, son jóvenes y/o adolescentes que no tienen una generación detrás que les haya podido transmitir algo de qué hacer o cómo hacer -o cómo no hacer- con estas herramientas -quizás se podría hacer la excepción de algún tipo de transmisión fraterna, de hermanos mayores a menores; vínculos fraternos muchas veces desconsiderados en la trama familiar, pero que en los hechos resultan sumamente importantes-.

Lo novedoso viene acompañado de desconocimiento. Una comparación de esto que estoy definiendo como un modo de compartir puede ayudar a pensar este punto: el compartir un video, una foto por algún medio de comunicación y el tradicional relato en una reunión con amigos. Definitivamente no es lo mismo compartir una foto o un video por whatssap a un grupo que contar un encuentro sexual en un asado, aunque tal vez tengan en común esta mezcla de exhibicionismo y necesidad de tramitación psíquica con otro.

No equivalen, digo, por tres motivos: en primer lugar, porque el dispositivo imagen es muy diferente al verbal. La imagen tiene una proximidad a lo real mucho más íntima que la palabra; el suceso se transmite con una mediación mucho menor en el primer caso -no es lo mismo que te narren a tal persona desnuda a que la veas. Así, lo que antes podía resultar una exposición relatada de un hecho sexual/íntimo, hoy se muda a lo audio visual. Esto tiene otra dimensión de realidad y de exposición.

En segundo lugar, por la capacidad de difusión o viralización de un formato y otro. Si en el caso del relato verbal se corre riesgos de que llegue a oídos indeseados, estos difícilmente salgan del grupo o comunidad implicada. La popularización de herramientas de producción audiovisuales han puesto en las manos de muchas personas esta capacidad. Junto con esto, los medios masivos de comunicación dan el golpe de suerte y ponen a disposición una sofisticada aparatología que hace circular el mensaje por redes incalculables. El carácter masivo de este medio es indescriptible.

Y aquí el tercer motivo, la industria que está detrás de estas viralizaciones. Estas producciones audiovisuales quedan inmediatamente fagocitadas por las corporaciones que lucran con la circulación de este material, como Whatssap y Facebook -que de hecho son de los mismos dueños.

Por último, es necesario decir que esta cuestión también está atravesada por las diferencias entre géneros. La exposición de un hecho sexual atenta contra nuestra integridad, nos hace sentir vulnerables. Sin embargo, esto parece tener diferentes implicancias si se trata de un hombre o mujer. Pareciera, por las repercusiones y los comentarios que suceden a la viralizaciones, que sólo la mujer resulta agraviada. Aunque el nivel de exposición es igual para todos y todas quienes participan del vídeo, es como si sólo la mujer resultase ultrajada. En contrapartida, la situación del hombre suele ser leída como una mostración de su virilidad en el sentido de ejercicio de poder. La estructura patriarcal de nuestra sociedad configura, también, esta problemática.

Si todo lo anterior es medianamente cierto, la pregunta que sigue es ¿Qué aporta al abordaje estas problemáticas?. Me parece sumamente necesario que pensemos juntos las múltiples implicancias que pueden tener acciones que tal vez a primera vista no parezcan significativas. Lo que quisiera poner sobre la mesa es que junto con la malicia, la intención de hacer daño que puede estar en la base de muchas de estas exposiciones, también está en juego cierta inocencia o falta de pericia de este aparato socio-tecnológico, que es por donde he intentado leerlo. De este modo, el llamado a instrumentar prácticas de cuidado colectivas se vuelve una exigencia actual.

Leave a Reply