Mejor no hablar de ciertas cosas

Dentro de las múltiples repercusiones que tuvo la desaparición reciente del militante social Santiago Maldonado, hubo una que me preocupó mucho: la articulación de lo que podríamos comprender como una especie de pacto de silencio. Un silencio que es comprensible desde cierto punto de vista: es precavido, a veces sólo intenta no “echarle más leña al fuego” porque entiende que “acá no vamos a solucionar nada”, ni “vamos a saber alguna vez la verdad”.

Desde luego, los canales de información bombardean nuestras almas con información y desinformación. Las cadenas de whatsapp invaden de rumores los grupos más amigables, la “militancia cibernética” y sus “ejércitos de trolls”nos intentan persuadir de cualquier cosa -que les convenga a quienes financian dichas propagandas- etc. Desde luego, no es fácil pensar ni proceder frente a este semejante acoso de estímulos y la presencia agobiante de intentos de gobernar nuestros criterios. Sin embargo, son las exigencias de nuestra época y mientras las eludimos, poco podremos cambiar del mundo en que vivimos.

Decisiones extrañas.

La confusión es tal que pasan cosas extrañas: algunos adultos rechazan la posibilidad de que se pueda conversar un tema de actualidad en una institución con personas a las que a priori les confían la eduación de sus hijos, pero confían -o al menos no le dan importancia- a lo que digan los medios de comunicación.  Una serie de preguntas pueden replantear esta decisión: ¿Quienes financiamos la educación de las generaciones que están creciendo y quiénes los medios masivos de comunicación? ¿A qué intereses responden uno y otro? ¿Qué garantías hay sobre las fuentes de información que utilizan los comunicadores y los educadores? ¿Qué posibilidades de discusión y diálogo dan cada forma de transmisión de conocimientos? Y algo sobre lo que como agentes de salud mental nos resuena especialmente: ¿qué lugar para la divergencia de puntos de vista?

 

Divide y reinarás.

Hay una condición de posibilidad para este tipo de fisuras sociales que nosotros podemos señalar: la predominancia del pensamiento binario, de lo Uno, esquizo-paranoíde o cómo quiera llamarse. Este funcionamiento psíquico se asienta en la fantasía de que todo lo malo está en un lugar y que lo podemos controlar: sólo hay que ver el modo de negarlo, excluirlo o suprimirlo. La historia reciente tiene muestras de lo que somos capaces de hacer al respecto. Lo que estamos viendo es cómo esta racionalidad es promovida por diferentes centros de poder.

Ceder ante la tentación de no mirar más allá de mis círculos próximos y/o rechazar intercambios de ideas con personas que piensan diferente es serle funcional a dicha estrategia. Promover el silencio, la no discusión, la separación es, directamente, reproducir ese poder, es “hacerse un gol en contra”.

El sabor del encuentro.

El revés de la famosa estrategia de gobierno de dividir es la articulación y el encuentro.Parece que hoy en día, frenar a conversar con un vecino no es una pérdida de tiempo sino un momento de resistencia (¡ni hablar si encima ese vecino es de otra clases social o partido político!) Puede que este encuentro no esté acompañado de una cerveza y aún así sea sabroso. De hecho, por más que se empeñan en desprestigiar las marchas en la Ciudad de Córdoba, cada día son más masivas. Son un momento de reclamo, pero también de fortalecimiento entre algunas personas que pensamos diferente a las voces hegemónicas. Claro está que no es el único momento, los espacios de resistencia son miles y en general se entrelazan con los de gobierno (¿quién duda de que hay intenciones de cooptación de la fuerza social?). Estos encuentros existen a diario y son una muestra de aún somos capaces de aceptar/tolerar/alojar al otro y sus diferencias, de que aún no nos ganaron.

 

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