¿Se puede hacer otra cosa por la seguridad? Aportes para un debate pendiente

“ […] Voy a quedarme acá, acá en el sur

para que tengan que buscarme

para que tengan que volver

para que tengan que encontrarme

para que no me funden otra vez la patria

arrojando cadáveres.”

Leandro Calle

Hace poco le desvalijaron la casa a una persona muy querida. Dolor, rabia, enojo, desesperanza. Objetos materiales que ya no están y obligan a empezar a armarse de nuevo. A cambio, queda una horrible sensación de usurpación, de invasión, de intranquilidad. Pronto aparecen las ganas de irse de este “país de mierda”. No fue un caso aislado, los robos son una constante en una ciudad en la cual, hasta hace no mucho, dormías con la puerta abierta.

Las medidas no tardan en llegar: operativos policiales en lugares sospechosos. En general, familias pobres que tienen antecedentes. Allanan algunas cosas que fueron robadas en otras viviendas. De a poco, las esperanzas de que encuentren algo se diluyen. En las calles, la policía controla los autos que pasan. Las personas del lugar miran con bronca el montaje. Un tibio gris va cubriendo el pueblo.

Los dirigentes y funcionarios públicos se reunen. También están preocupados, dolidos por la situación. Pero ¿qué se puede hacer desde una pequeña ciudad del interior cordobés? ¿qué se puede hacer cuando la policía es provincial, y el problema del incremento de la inseguridad, nacional? Entonces, se decide colocar cámaras de seguridad en las calles. Muchos no están convencidos, tienen dudas, pero pocos se animan cuestionar alguna medida que podría redundar en mayor seguridad.


Contextualicemos: las actuales políticas de seguridad en Córdoba tienen sus “fuentes de inspiración” en un modelo exportado desde norteamérica. Un modelo que le ganó la pulseada a otros que también se ensayaron por la época. En concreto, en la década del `90 tres ciudades se vuelven ejemplos en sus políticas contra el crimen: San Diego, Boston y Nueva York.

El modelo de San Diego se basa en la idea de cooperación entre diferentes actores (policía, sociedad civil, ONG’s). La policía es una policía de proximidad, que pone el acento en la “resolución de problemas” con la ayuda de residentes. San Diego no sólo se mostró eficaz en la baja de la tasa de delito, sino que además descendieron el número de detenciones, denuncias y mejoró la percepción popular de la policía.

En Boston también se logró descender la criminalidad como en los demás casos. Su particularidad fue que la prevención del delito estuvo centrada en el desarmamiento. En lugar de perseguir a las personas, se persiguieron las armas. Y en lugar de perseguir el delito callejero, se persiguieron a los grandes criminales. Un actor clave en la prevención del delito aquí fue una ONG constituida por sacerdotes y laicos que tenían trabajo territorial en los barrios marginados, entendiendo que el delito y la violencia van de la mano.

En Nueva York la idea central fue la de “tolerancia cero” – o “intolerancia selectiva”, ya que sólo recae sobre un grupo poblacional y ciertas conductas ciudadanas. A este modelo lo conocemos porque fue el que se propagó luego por Latinoamérica. Sin embargo, la difusión de la “mano dura” nuevayorkina no se correspondió con el balance que se estaba haciendo en EEUU de su eficacia. De acuerdo a Wacquant:

[…] criminólogos, juristas y jefes de policía coinciden en la idea de que el feudo de Rudolph Giuliani -alcalde de Nueva York- pagó un pesado tributo financiero y cívico por la baja de la criminalidad: elevación masiva del presupuesto y el número de efectivos de las fuerzas del orden, escalada de las denuncias por abuso y violencias policiales, crecimiento continuo de la cantidad de personas detenidas y encarceladas, desconfianza y temor creciente de la población de los barrios pobres y notable deterioro de las relaciones entre la comunidad afroamericana (e hispanohablante) y la policía […].

Cualquier coincidencia con los resultados cordobeses, no es pura coincidencia. Todo esto ya se sabía cuando en el 2004 Blumberg desembarca en Córdoba como embajador de estas políticas. Blumberg, curiosamente, tenía legitimidad social por un hecho terrible: perdió un hijo luego en un secuestro.

Capítulo aparte les queda por hacer a los juristas, criminólogos y jefes de policía por estas tierras, dónde no sólo lo que señalan en EEUU sucedió también, sino que la tasa de delito no descendió.

Ahora bien, cada política de Estado tiene como consecuencia la promoción de tipos de subjetividad. A más de una década de la consagración de este modelo de seguridad en Córdoba, estamos a tiempo de arribar a algunas hipótesis.

Hemos visto que actuar como si todos fuesemos potenciales terroristas urbanos, de un modo u otro, hace más problemas que soluciones. La “mano dura” promueve una subjetividad que es “hija del rigor”. Entre sus implicancias, se puede señalar que:

  • asume una especie de degeneración constitutiva del ser humano, una tendencia al mal que sólo se puede sofrenar gracias al riguroso control de la fuerza pública. Para empezar, en latinoamérica, estas fuerzas públicas son de lo más degenerado que tenemos, ya que corresponden a estados colonizados. Pero además, desconoce la fuerza del eros, la pulsión de vida, el deseo de vincularse, tan constitutivo como la violencia y la muerte. Este desconocimiento es una provocación, una asignación de lugares malditos, una estigmatización que responsabiliza de sobremanera a los sujetos y produce culpa.
  • invisibiliza las preocupaciones de las personas y las motivaciones que llevan a alguien a delinquir. Se vuelven impensables las condiciones históricas, culturales, materiales. “La realidad es como es, y punto”. Este pragmatismo esconde las preguntas por los cambios que nos llevaron a estar así y por los horizontes de deseo. Se promueven subjetividades empobrecidas en capacidad de análisis contextual, en esperanzas de transformación. “Las cosas como son”.
  • al hombre lobo del hombre hay que vigilarlo, controlarlo constantemente. En lugar de promover, aquí sí, una responsabilización de las conductas, apelar a las capacidades de autocontrol, autodeterminación; se refuerza la necesidad de control externo. Las cámaras de vigilancia son un ejemplo claro de esto.

Hoy, el pronóstico no es nada alentador: robos, linchamientos, fragmentación social, asesinatos, casas enrejadas, narcotráfico, cámaras de vigilancia… La situación es tal que los gobernantes no pudieron seguir mirando para otro lado y ya están trabajando en un cambio de paradigma. Gobernantes que en Córdoba son los mismo que propusieron la tolerancia cero en su momento. Ahora hablan de policía de proximidad, barrial, del modelo de Medellín.

Habrá que estar atentos, promover el debate, generar consensos que nos permitan ver otros caminos.

Habrá que estar atentos, para no nos funden “otra vez la patria

                                                                  arrojando cadáveres”.

 

Fotografía de Manuel Pascual

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