Los Puercoespines de Schopenhauer

Para quién haya leído a Freud alguna vez le resultará conocida la parábola de los puercoespines en invierno. Parábola que retoma de un libro de Schopenhauer, filósofo alemán caracterizado por no ser de los más alegres y optimistas de su rubro. El texto completo -que en Psicología de las Masas y Análisis del Yo sólo está referido- dice:

Un grupo de puercoespines se apiñaba en un frío día de invierno para evitar congelarse calentándose mutuamente. Sin embargo, pronto comenzaron a sentir unos las púas de otros, lo cual les hizo volver a alejarse. Cuando la necesidad de calentarse les llevó a acercarse otra vez, se repitió aquel segundo mal; de modo que anduvieron de acá para allá entre ambos sufrimientos hasta que encontraron una distancia mediana en la que pudieran resistir mejor.

Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros. La distancia intermedia que al final encuentran y en la cual es posible que se mantengan juntos es la cortesía y las buenas costumbres. En Inglaterra a quien no se mantiene a esa distancia se le grita: keep your distance! — Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas.

No obstante, el que posea mucho calor interior propio hará mejor en mantenerse lejos de la sociedad para no causar ni sufrir ninguna molestia.

Freud le encuentra otras lecturas a la parábola que la invitación al ermitañismo que hace el filósofo. En su análisis de las dinámicas psicológicas, le sirve para introducirse a los aspectos afectivos que se ponen en juego en las relaciones humanas. Los seres humanos somos como los puercoespines en invierno, si nos alejamos mucho, nos morimos de frío. Pero si nos acercamos demasiado, nos pinchamos. Nuestros vínculos están caracterizados por la ambivalencia entre el amor y el odio.

De acuerdo a sus investigaciones, toda relación íntima con cierta duración deja un depósito de sentimientos hostiles en los involucrados. La explicación que propone – “de un modo demasiado racionalista”- es el conflicto de intereses que ofrecen estas relaciones. El narcisismo “tiende a afirmarse y se conduce como si la menor desviación de sus propiedades y particularidades individuales implicase una crítica de  las mismas y una invitación a modificarlas”. No se sabe a qué se debe esta sensibilidad a lo diferente, pero sí se conoce la disposición al odio que nos constituye.

Por otro lado, el amor. Sostiene Freud: “El egoísmo no encuentra un límite más que en el amor a otros”. La líbido, que nace desde la satisfacción de necesidades, pero se separa y traza su propio camino, resulta crucial en las explicaciones que encuentra el padre del psicoanálisis al comportamiento humano. El amor es “el principal factor de civilización, y aún quizás el único, determinando el paso del egoísmo al altruismo”.

Hasta aquí la referencia a Freud. Si bien es un texto antiguo, la relación que sostiene entre agresividad, narcisismo y diferencia es interesante y está en consonancia con desarrollos actuales. Es una línea explicativa sobre el fenómeno de la violencia que aporta, aunque seguramente no alcanza. Habrá que articular con otras lecturas como las referidas al poder o las luchas de clases. Sin embargo, en una dimensión micro social visibiliza dinámicas sumamente interesantes en juego.

Y así vamos, caminando como puercoespines en pleno invierno, entre irritados y fascinados, entre enojados y enamorados, buscando un equilibrio que la mayoría de las sociedades nos lo debemos aún.

Rafael Canogar

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