¿El poder reprime?

“El poder, como puro límite trazado a la libertad, es […] la forma general de su aceptabilidad” (Foucault, 1976)


¿El poder reprime, legisla, produce? ¿Qué lugar le da el psicoanálisis al poder? ¿Se cayeron las grandes legislaciones, los grandes relatos? ¿O más bien habrá que buscar las formas actuales del poder y sus efectos? A estas preguntas se dedica el siguiente artículo, retomando desarrollos foucaultianos al respecto.


Es un poco de sentido común considerar que el poder es algo que inhibe, prohíbe, censura… Si el poder hablara, su primera palabra sería un NO rotundo. Pero, ¿y si lo pensamos al revés? ¿Si en lugar de negar y reprimir, el poder afirma y crea? Esta una de las propuestas foucaultiana referida al poder que la diferencia de otras conceptualizaciones. Me gustaría en este artículo reseñar brevemente la discusión que plantea este autor recuperando críticas que le hace al psicoanálisis, ya que se trata de un giro epistémico importante y que, considero, muchas veces no se llega a dimensionar en su profundidad.

En su análisis sobre el dispositivo sexualidad europeo, Foucault (2014/1976) sostiene que lo que hace funcionar a la sociedad no es un poder que tiene forma de ley o de prohibición. La medicina, la educación, la familia aparentan tener una función de contención, pero en realidad son “líneas de penetración”, son relaciones de poder que penetran en la trama social y se proyectan en los cuerpos, los producen a través de múltiples practicas sobre ellos: se los identifica, se los cataloga, se los aísla y estudia, se los hace hablar y se habla de ellos. A partir de esta reconfiguración del poder (que ubica desde el siglo XVI) el homosexual, por ejemplo, no es una persona jurídica, sino que es todo un personaje: tiene una historia específica, una infancia, tiene un carácter, una forma de vida, incluso una morfología.

Esto genera un debate al centro de algunas concepciones psicoanalítica que el propio Foucault recupera. Le reconoce al psicoanálisis no caer en la tentación de  considerar al sexo como una fuerza rebelde reprimida que habría que liberar. La idea de un instinto bajo y natural que la cultura viene a dominar ya estaba recusada por algunos psicoanalistas en esa época -cabe recordar que este libro es de 1976, y claramente hay una discusión a los desarrollos lacanianos de entonces. La hipótesis psicoanalítica no habla de un poder que reprime los instintos, sino de que la ley es constitutiva del deseo y de la carencia que instaura.  Por ende, “la relación con el poder ya estaría allí donde está el deseo: ilusorio, pues, denunciarla en una represión que se ejercería a posteriori; pero, también, vanidoso partir a la búsqueda de un deseo al margen del poder” (p. 79).

Sin embargo, para Foucault esto no resuelve las cosas. La reformulación de una teoría de los instintos por el supuesto de una ley constitutiva del deseo reformula el modo de comprender lo pulsional, pero no la manera de concebir el poder. Ambas hipótesis, la del poder represivo y el poder legislativo, sostienen una concepción común del poder. En palabras de Foucault:

Tanto en el tema general de que el poder reprime el sexo como en la idea de la ley constitutiva del deseo, encontramos la misma supuesta mecánica del poder. Se la define de un modo extrañamente limitativo. Primero porque se trataría de un poder pobre en recursos, muy ahorrativo en sus procedimientos, monótono en sus tácticas, incapaz de invención y condenado a repetirse siempre. Luego, porque sería un poder que sólo tendría la fuerza del “no”; incapaz de producir nada, apto únicamente para trazar límites, sería en esencia una antienergía; en ello consistiría la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo lograr que su sometido nada pueda tampoco, excepto lo que le deja hacer. Finalmente, porque se trataría de un poder cuyo modelo sería esencialmente jurídico, centrado en el sólo enunciado de la ley y el sólo funcionamiento de lo prohibido. Todos los modos de dominación, de sumisión, de sujeción se reducirían en suma al efecto de obediencia.”  (pp. 83 y 84; el resaltado es mío)

A lo anterior, Foucault le contrapone una analítica del poder que se propone abordarlo en su positividad, en su capacidad creadora, a través de visibilizar las tácticas y estrategias en las que se consolidan las múltiples relaciones de fuerza que se juegan en un campo dado. Desde aquí se hablará de dispositivos, de biopolítica y de tecnologías de gobierno, y también de procesos de subjetivación como el juego de relaciones de poder en el que se producen determinadas subjetividades.

Sigamos un poco más. Estas reflexiones teóricas, lógicas, epistemológicas, que parecen estar en un plano sumamente abstracto, se enraízan en planteos cotidianos. Véamos sólo un ejemplo.

A la fecha, es común encontrarse caracterizaciones sociales que enfatizan como hecho central para comprender lo que nos sucede en la actualidad una hipotética caída de grandes relatos, grandes ideales, grandes ideologías. Se explica una amplia gama de conductas, entre ellas la violencia, por la falta de legislación de estos relatos. Un ejemplo de una deriva de este supuesto es la hipótesis que retoma Silvia Bleichmar de Horkheimer (Escuela de Frankfurt): la violencia se da en el marco de la ausencia de ideales por los cuales un sujeto puede resignar la satisfacción inmediata de sus pulsiones.

Intentemos pasar este planteo por la grilla foucaultiana. Diremos que predomina una concepción jurídica del poder, reguladora, externa, por lo que ya tenemos un problema. Es necesario redefinir la mirada y sacar el foco de lo que no está, lo que falta, lo ausente. Si el poder produce, entonces habrá que buscar cuáles son las tecnologías de gobierno que sí están presentes en la actualidad, qué racionalidades guían las conductas hoy.  Susana Murillo (2011) sostiene al respecto: mientras que la posmodernidad desató una batalla contra todo pensamiento totalitario, paradójicamente, los regímenes de poder han adquirido dimensiones cada vez más globales y con capacidades de injerir en aspectos antes impensados de la vida (como las de Google o el proyecto PRISM de la NSA).

Mientras lamentamos la ausencia de los anteriores, nuevos “grandes relatos” se cuelan por todos lados. Pensemos en los discursos meritocráticos por ejemplo. De hecho uno de estos nuevos relatos, según señalan diversos estudios de inspiración foucaultiana, es el emprendurismo. El emprendedurismo tiene como sujeto al “empresario de sí”, en el cual conviven una mixtura de meritocracia, responsabilización individual, invisibilización de las relaciones de dominación, entre otras características. El emprendedurismo, como se puede deducir, convive de maravillas con una racionalidad neoliberal.

Extraído de https://jalacoste.com/3-desventajas-de-ser-emprendedor

Desde esta perspectiva, no se trata de una ausencia de algo que atraviesa los procesos de subjetivación actuales, sino de elementos que efectivamente están en juego y en los cuales hay que buscar las condiciones de lo que sucede. Es muy diferente, por ejemplo, comprender la violencia como la ausencia de ideales a preguntarse qué hay de violento en los modos de relacionarse en los que un sujeto se constituye y que le llevan a devenir violento.

¿Y si en lugar de preocuparnos por la ausencia de un operador simbólico, o la caída de un metarrelato, indagamos las condiciones actuales? ¿Cómo se cofiguran los vínculos en este nuevo relato emprendedor? ¿El otro es sólo una competencia? ¿Hay alguna relación entre la violencia y la competencia? ¿Qué lugar deja para lo colectivo, lo grupal (que no es para la producción de capital)? ¿Qué efectos tiene en la construcción de subjetividades este aislamiento al que estamos sometidos?

Estas son sólo algunas preguntas para delinear el derrotero por el que nos introduce este camino.

 

Referencias:

Foucault, M. (2014/1976). Historia de la sexualidad I: La voluntad del saber. Buenos Aires: Siglo XXI.

Murillo, S. (2011). Posmodernidad y Neoliberalismo. Buenos Aires: Ediciones Luxemburg.

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