¿Cómo pensamos la relación psique-sociedad?

A lo largo de los años, podemos percibir como los desarrollos propios del campo de la psicología han mostrado una tendencia a enfatizar las dimensiones individuales de los problemas, desconociendo muchas veces las condiciones sociales en que estos fenómenos suceden. A través de un ensamble de instituciones se codifica la comprensión y las acciones de nuestro quehacer y se promueve determinados enfoques teóricos-prácticos por sobre otros. Nos encontramos así con una marcada orientación hacia la psicología clínica (entre el 50% y el 90% de los profesionales argentinos/as se dedican a esta área [Alonso y Klinar, 2013]), y dentro de ella, la psicoanalítica individual en el ámbito privado (Casari, 2012)[1]. Ello, en una época de disputa por un nuevo paradigma de Salud Mental que tiene como pilar la atención comunitaria (con la Ley Nacional 26.657 sancionada en 2010, pero no efectiva hasta la fecha).

Esta “tendencia” la transciende, y se relaciona con el modo en que sus conocimientos se articulan con redes de saber-poder. Así podemos ver en la historia de la disciplina, por ejemplo, que a la vez que se instituye como hito fundante el laboratorio experimental de Wundt en Alemania, se desestiman sus trabajos sobre la psicología de los pueblos. En la misma línea, la recepción de la obra freudiana resulta atrapada por una diferenciación que en ningún momento fue propuesta por el autor. Todas aquellas producciones que presentaron un interés claro por lo social se definieron como “escritos sociales”, y ocupan un lugar diferenciado del resto de la producción psicoanalítica.

Por lo anterior, el campo psi ha recibido y recibe múltiples críticas debido a la “psicologización” a la que incurre frecuentemente de fenómenos propios del campo social (Fernández y De Brasi, 1999). Esto, a pesar de que determinadas lecturas del psicoanálisis representaron en sucesivos momentos y en dimensiones diferentes, un verdadero acontecimiento en el mundo de las ideas[2].

En un ámbito regional, Pichón Rivière es considerado quien abre el juego para la psicología social en el territorio argentino. Con una caja de herramientas que tomaba aportes del psicoanálisis kleineano, la teoría de los roles de George Mead y el marxismo, abrió una pregunta que es sumamente interesante: ¿cuáles son las condiciones de existencia en las que los procesos psíquicos se dan?

La preocupación pichoniana por los condiciones de la existencia se percibe claramente en un fragmento de una entrevista donde le preguntan por su relación con el psicoanalista Jacques Lacan:

En 1969, discutiendo un trabajo mío, Lacan me preguntaba: `Pour quoi Psychologie Sociale, pourquoi pas psychanalisé?´ Creo que su pregunta sintetiza las coincidencias y las discrepancias.
El definir a la psicología, en el sentido estricto como social, significa que se enfatiza el problema del determinante en última instancia de los procesos psíquicos, el papel que cabe a las relaciones sociales como condición de posibilidad del orden humano, y por ende del psiquismo.
Lacan, al entender que mi planteo era psicoanálisis, marcaba la coincidencia fundamental ya mencionada: la referente a la génesis del sujeto en el interior de la estructura vincular. El que yo insistiera en caracterizarlo como psicología social, remite a las diferencias que a mi entender existen entre la concepción del sujeto relacional del psicoanálisis, el sujeto relacional de Freud y Lacan, y la concepción del sujeto agente, productor, protagonista de la Historia, a la vez que producido, configurado en sistemas vinculares y en tramas más complejas de relaciones que plantea la Psicología Social que postulamos.

Considero que para el psicoanálisis sigue siendo dificultoso comprender el lugar que se le da a “lo social”, a ese “sistema vincular complejo” del que habla Pichón Riviere. ¿Cómo pensamos la relación psique-sociedad? ¿Qué redes de inteligibilidad nos permiten visibilizar ese borde? ¿Qué lugar ocupa en nuestra práctica diaria y qué estrategias nos permiten trabajarla? Son preguntas que vale la pena tener presente en las diferentes prácticas que nos convocan para reducir los riesgos de promover una reproducción de lo social y sostener una actitud crítica frente a nuestras intervenciones.

 


[1] Hegemonía lograda con el aniquilamiento de diferentes prácticas grupales en la última dictadura cívico-militar [1976-1983].

[2] Ricoeur (1990) ubicó a Freud entre los filósofos de la sospecha, junto a Marx y Nietzsche. Para él se trata de tres intelectuales que supieron subvertir el orden de las cosas en lugar cruciales: en lo económico, en la moral y en la conciencia. Lo que pueda llegar a unir a estos tres autores, considero, constituye para el psicoanálisis “su mejor versión”. Posiblemente ninguno de ellos  estaría a gusto con la comparación, pero resulta sugerente por su carácter performativo.

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