LA SUPERVISIÓN, UNA PRÁCTICA DE CUIDADO

En la actualidad, muchos colegas e investigadores coinciden al señalar que la supervisión es uno de los pilares sobre los que se asienta el ejercicio profesional del psicólogo. Sin embargo, muchos jóvenes no acuden a estos espacios al iniciar su práctica profesional. Algunos no lo hacen por desconocimiento, otros por sentir que les falta material sobre el consultante o paciente, y otros por el temor a ser evaluados como “malos profesionales” por parte del supervisor. Sin lugar a dudas, existen otras situaciones, pero estas son las que más aparecen en la práctica en tanto supervisora de colegas que se inician en la profesión.

    Es interesante resaltar que, a pesar de ser un término con distintas acepciones y connotaciones, la supervisión puede ser considerada como una actividad donde se sostiene una ética del cuidado ¿A quién o a quiénes se cuida? En primer lugar, al profesional que consulta. En este caso, el supervisando acude con las primeras impresiones sobre sus pacientes. Muchas veces invadido con dudas sobre cómo seguir el proceso con los consultantes, y por ello pide la opinión de alguien con más experiencia.

Es importante señalar en este punto que, quien ejerce como supervisor, debe promover las siguientes metas: (a) promover terapeutas más competentes y éticos, (b) facilitar el desarrollo profesional del psicólogo, (c) adquirir habilidades clínicas, (d) aprender a integrar la teoría y la práctica clínica, (e) consolidar la identidad profesional, en base a la confianza que se va adquiriendo en el proceso, (f) delimitar y/o mejorar las estrategias diagnósticas y terapéuticas para cada consultante, (g) trabajar las dificultades específicas de la práctica concreta, y (h) resolver asuntos de transferencia y contratransferencia que emergen (Cuadra Pérez, 2006). Todo ello en marco profesional de respeto y confianza con el colega que se está iniciando en el campo clínico. Sólo de esa manera se puede crear un clima que permita un enriquecimiento teórico y metodológico. Además, se posibilitará que el psicólogo consultante pueda crecer tanto a nivel personal como en el ejercicio profesional.

Al mismo tiempo en que se cuida al profesional que lo consulta, también tiene otra tarea el supervisor: cuidar a los destinatarios de la práctica del supervisando. Esta se constituye en la base fundamental de la actividad de supervisión. Es el objeto en sí mismo del acto de supervisión. Es importante revisar cómo se establece la “relación consultante-profesional”, la alianza de trabajo, el tipo de contacto y de rapport que se instaura entre ambos, la transferencia sobre el profesional, el tipo de vínculo que se desarrolla, los fenómenos contratransferenciales, y la incidencia de todos estos aspectos en el establecimiento de alianzas en beneficio del cambio que se podrá producir (Loubat, 2005).

Si la supervisión se sostiene como una práctica de cuidado, es posible que se genere un “espacio abierto a lo nuevo”. Esto nuevo será conformado tanto por las preguntas que puedan surgir a partir de las historias narradas por el supervisando, las resignificaciones que emerjan del pensamiento conjunto, del diálogo clínico y de cierto insight, que va más allá de la problemática del consultante (Jorge, 2018).

Se da, asimismo, un espacio nuevo de contención y de aprendizaje in situ. El colega que se inicia en la profesión encuentra el sostén profesional de su par avanzado. Es éste quien puede habilitarlo desde otro lugar, a lanzarse a repensar y repreguntarse, arriesgar hipótesis, ensayar estrategias de intervención, etc. A la vez, que en las interacciones entre ambos se dan aprendizajes en relación con el caso, el propio rol (sus habilidades y limitaciones), sobre sus modos de intervenir, sobre realidades y problemas que le exigen tomar decisiones y realizar acciones. Es un espacio que pone en juego las competencias profesionales, al momento que recrea la demanda realizada.

Es por ello que la supervisión puede ser considerada como un escenario clínico-formativo y, a la vez, como un proceso generativo y transformador, donde los profesionales desarrollan sus competencias. Hernández Córdoba (2007) señala que el espacio de la supervisión también se relaciona con un modo de enseñar un enfoque específico de diagnóstico y de psicoterapia. Sin proponerse como modelo, quien ejerza como supervisor, puede transmitir sus modos de llevar a cabo una evaluación clínica, como piensa cada momento, las hipótesis que plantea, y cómo arma una estrategia terapéutica. Compartir con los colegas el modo de proceder produce mayor acercamiento entre ambos, sin plantear la tarea en términos ideales a alcanzar, sino reconociendo las vicisitudes propias de cada proceso.

No puede dejar de señalarse que la supervisión es también una práctica reflexiva sobre la propia práctica profesional. Es un verdadero espacio para madurar y teorizar las experiencias. En esa co-visión se mira con otro la tarea realizada y se piensa las acciones a futuro, donde se cuiden a cada uno de las personas de los vínculos que se establecen (consultante-supervisando y supervisando-supervisor especialmente). Es por ello que se coincide con Tolosa (2011) cuando se señala la importancia de la supervisión como un modo de prevenir, por un lado, el estrés del profesional y, por otro, de la iatrogenia del consultante.

En síntesis, puede resaltarse que la supervisión suministra apoyo cuando es necesario; contraste de opiniones, en momentos de atasco o de dificultades; confrontación de aspectos incongruentes o inadecuados del enfoque sobre las situaciones clínicas o profesionales; enseñanza-aprendizaje continuo de una manera oportuna y pausada, conforme se necesita para el desarrollo profesional en cada etapa; reconocimiento por los progresos y los logros en la carrera profesional y en el trabajo más allá del que proporcionan los consultantes de manera directa; y complicidad profesional que ha contribuido a desarrollar la identidad como terapeuta (Cuadra Pérez, 2006).

Cuadra Pérez, J. (2006). Estructura y dinámica de la supervisión. Revista de Análisis Transaccional y Psicología Humanista, 55, pp. 38-43.

Cuadra Pérez, J. (2006). Estructura y dinámica de la supervisión. Revista de Análisis Transaccional y Psicología Humanista, 55, pp. 38-43.

Referencias bibliográficas

Hernández Córdoba, A. (2007). Supervisión de psicoterapeutas: Un crisol para devenir instrumentos de cambio. Diversitas: Perspectivas en Psicología, 3 (2), pp. 227-238.

Jorge, E. (2018). La supervisión clínica. Un espacio para abrir preguntas. (En prensa).

Loubat, M. (2005). Supervisión en psicoterapia: Una posición sustentada en la experiencia clínica. Terapia Psicológica, 23 (2), pp. 75-84.

Tolosa, D. (2011). La supervisión en psicoterapia. Revista de Psicología de Tucumán, 15 (19), pp. 12-14.


Datos de la autora

Licenciada y Profesora en Psicología. Especialista en Psicología Clínica. Especialista en Constructivismo y Educación. Magister en Salud Mental. Doctoranda en Psicología. Docente Universitaria (UNC y UCC). Docente en EPSI – Estudios Psicoanalíticos Córdoba. Se desempeña en la práctica clínica privada, tanto en evaluación y asistencia clínica, como en la supervisión.

Email para contacto: eli21jorge@gmail.com

Ilustación: Horacio Cardo – https://www.horaciocardo.com/sigmund-fraud/

Written by 

Licenciada y Profesora en Psicología. Especialista en Psicología Clínica. Especialista en Constructivismo y Educación. Especialista en Docencia Universitaria. Magister en Salud Mental. Doctoranda en Psicología. Docente universitaria en grado y postgrado. Vicedirectora de EPSI – Estudios Psicoanalíticos Córdoba. Autora de numerosos artículos en revistas especializadas nacionales e internacionales. Asesora de trabajos finales de grado y postgrado. Miembro del Observatorio de Adolescencia (UNC). Desempeño profesional en la práctica clínica privada, en tareas de diagnóstico, asistencia y supervisión. Email para contactos: eli21jorge@gmail.com

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