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Lo que aprendí de interdisciplina


En la foto: Espectáculo de circo contemporáneo del equipo Circ Bover  llamada «Vincles» a partir de un sencillo elemento, como son las cañas de bambú, se van logrando combinaciones y montajes de mayor complejidad.


De un tiempo a esta parte, vengo formando parte de equipos, investigaciones o programas de formación que intentan transmitir un enfoque interdisciplinario y planteando en estos espacios que para “Hacer Interdisciplina”, como método de trabajo y praxis  transformadora de realidad, se hace necesario problematizarla.

En el trabajo publicado en la revista Tramas Digital con el motivo del aniversario 25 de la Asociación de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares Córdoba (“Vicisitudes en los vínculos disciplinarios”) planteo que existe un riesgo cuando se habla de interdisciplina  y es el de coagularla en dos sentidos: hacer interdisciplina es siempre enriquecedor; o bien es inevitable y un mal necesario.  Estas maneras de concebir la interdisciplina obturan las posibilidades de problematizarla y tienden a alojarla en un “deber ser” institucional que queda bonito en la pestaña “Quienes somos” de la web. Me pregunto al mejor estilo Simone de Beauvoir: ¿interdisciplinario se nace o se hace?.

Alicia Stolkiner (1987), autora especializada en el tema, sostiene:

 “La interdisciplina nace, para ser exactos, de la incontrolable indisciplina de los problemas que se nos presentan actualmente. De la dificultad de encasillarlos. Los problemas no se presentan como objetos, sino como demandas complejas y difusas que dan lugar a prácticas sociales inervadas de contradicciones e imbricadas con cuerpos conceptuales diversos” (p. 313).

Si la interdisciplina surge de la dificultad de encasillar los problemas en una única disciplina como portadora del saber y poseedora de las herramientas para pensar-operar sobre una realidad incierta, quizás suene absurdo también intentar encasillar a la interdisciplina en una definición.

Sin embargo, sostengo que así como sucede con el trabajo en equipo, la práctica interdisciplinaria implica un método, un tiempo, espacio y condiciones para que pueda acontecer. La práctica interdisciplinaria es para empezar un HACER y no puede ser exclusivamente definida por su composición (diferentes profesiones). A veces creemos que un collage con “un poquito” de psicología por aquí, trabajo social por allí y medicina más acá,  es la “receta interdisciplinar”.

Hacer interdisciplina es indisciplinado. Dice Enrique Del Percio:

“(…) tomando el prefijo in en un triple sentido: como “entrar” desde una disciplina en otra, como “poner” otra disciplina en aquella desde la que se parte, y como negación de los paradigmas de cada disciplina cuando ello fuere indispensable: es menester “negar” los existentes y elaborar un nuevo patrón que permita una adecuada integración de las mismas” (2010, p.1).

La in(ter)disciplina se convierte ahora en una palabra que connota disconformidad, una incomodidad con los paradigmas que se ofrecen disponibles. Hacer y pensar in(ter)disciplinariamente implica hacer y pensar  con cierta rebeldía no sólo sobre explicaciones dominantes de la ciencia, de las instituciones y de los grupos profesionales que las integran; sino también sobre las soluciones intentadas por los mismas.


LA INTERDISCIPLINA ES UNA  ESCENA

¿Cuál es la imagen que se te evoca cuando digo trabajo interdisciplinario?, es la consigna que suelo dar en talleres de reflexión para equipos de profesionales. El objetivo es crear una definición que aplique a su vivencia de trabajo diaria, es transmitir a otros el dispositivo que montan cada día sin tener en cuenta lo que deberían ser sino más bien lo que terminan siendo.

En estos encuentros, ponemos a pensar la interdisciplina a través de la dramatización de escenas y descubrimos que cuando un equipo trabaja en conjunto, sostiene una cotidianeidad y puede encontrar una tarea compartida (¿para que venimos a trabajar todos los días y qué esperamos del otro en esta tarea?) algo se va creando en ese grupo/equipo. Solicito a los alumnos construir una “estatua” sobre esto y se van creando metáforas maravillosas. La posibilidad de corporizar el concepto “interdisciplina” y agregarle 3D aporta nuevas perspectivas. A veces quienes integran ese equipo representado se tironean, otras se funden en abrazos, parecen un bloque. De vez en cuando, aparecen sujetos-disciplinas separadas, cada una “en su mundo” mirando algo, pero una bufanda o una soga los une y les da un sentido compartido. Hay estatuas que se organizan con centro en el paciente-familia-“caso” mientras hay otras que se organizan alrededor de espacios vacíos. Otras veces la escultura resulta insuficiente para expresar lo que sucede, y solicitan agregarle movimiento. Una estatua rígida que representa más bien un organigrama institucional se va transformando en una “escena”, una interdisciplina en movimiento.

CUANDO DIGO ECRO

Atravesada mi experiencia por la Residencia Interdisciplinaria en Salud Mental (RISaMIJ – Córdoba), me gustaría agregar algunas reflexiones a la discusión de ¿Cómo “hacer interdisciplina”?.

Puede resultar básico y para algunos incuestionable, pero la conformación del grupo de trabajo es un momento y una tarea a realizar antes de exigir los “resultados in(ter)disciplinarios”. Cuando entramos a equipos y se nos exige la planificación de proyectos o programas interdisciplinarios “de entrada” desconocen que un primer momento de entramado, de puesta en común, de valoración de las propias limitaciones y posibilidades teóricas, profesionales e interpersonales; resulta necesario e insoslayable. Para ello, tomo el concepto de “ECRO” de Pichón Riviere para comprender que un grupo para ser operativo implica la construcción de un Esquema Conceptual Referencial y Operativo que permita llegar a acuerdos epistemológicos y teóricos (algo así como modelos mentales) referenciados a la realidad a trabajar, dando lugar como todo producto grupal a un número tolerable de desacuerdos.


Un grupo es algo más que una reunión o conjunto de personas, es también una estructuración de intercambios, anudamientos y desanudamientos, relación entre sus miembros. Por esto, podemos suponer que para lograr un trabajo in(ter)disciplinario y “anudar” distintas disciplinas debemos conformar un grupo en la institución. Un mutuo involucramiento y una tarea común.

Y sin embargo, tampoco es sentarse a debatir en una mesa sobre lo que consideramos salud, infancia, crianza, terapéutica, etc. hasta que se lleguen a “acuerdos definitivos” y después ir al campo. Esto sería negar la conflictividad necesaria del lazo, del encuentro, potencial de todo crecimiento y creación con otro. Considero que lo que nos motoriza a trabajar interdisciplinariamente es siempre la tarea, un problema o punto necesario de vislumbrar y por lo tanto es de gran utilidad oscilar entre espacios de encuentros teóricos y encuentros prácticos. De modo tal que sea la praxis también la que nos vaya permitiendo conocer todo lo que ese otro profesional trae además de su título universitario (saberes, experiencias, estilos, recursos, etc).

CUANDO LA INTERDISCIPLINA SE BUROCRATIZA

En el artículo mencionado (“Vicisitudes en los vínculos disciplinarios”), planteaba que la interdisciplina debe ser una política institucional, a través de la cual se asignen las condiciones necesarias para que pudiera suceder: tiempo, espacio, agenda de encuentros, etc. Cuestionaba en el mismo a su vez, que muchas veces “hacer equipo” en las instituciones que usan la interdisciplina más como eslogan que como praxis transformadora, queda más a merced de  la voluntad de los profesionales que la integran teniendo muchas veces que “hacer interdisciplina” en los pasillos o fuera de hora laboral.

Luego de transitar por distintas instituciones donde existen equipos interdisciplinarios, puedo decir que he aprendido que los lugares donde se instala la creación no siempre son los que tienen el letrero de: “aquí sucede”. Antes entendía al pasillo como el margen de la institución en un sentido desvalorizante. Consideraba que allí donde no se legitima su fuerza, no hay poder interdisciplinario. Y ahora pienso que la interdisciplina al ser justamente “indisciplinada” no tiene un lugar preferente donde llevarse a cabo. He ejercitado la interdisciplina en el colectivo rumbo al trabajo, en el patio de un dispensario, en los pasillos de un hospital.

Fui comprendiendo también que en algunas ocasiones las reuniones de equipo o las salas de profesionales (eso que yo pensaba “EL espacio” en el que podría suceder “LA verdadera interdisciplina”) pierden valor creativo, diálogo, conflictividad y potencia. Y recordé el concepto que Marcos Bernard (2006) toma de Bleger y denomina “grupos burocratizados” como aquellos destinados a “mantener inmovilizados los aspectos psicóticos del grupo” a través de sociabilidad sincrética. Es decir, aquellos grupos que tienden a tomarse como un fin en sí mismo (nos reunimos por el placer de reunirnos o porque está pautado en la agenda o porque se supone que hay que hacerlo), negando el paso del tiempo e impidiendo la realización de la tarea que los convoca. Esta tendencia de algunos grupos resulta para los autores un modo poco saludable de defenderse de la conflictividad que les genera el agrupamiento o la tarea para la que están reunidos. “Muchas veces nos juntamos a la reunión pero nos la pasamos hablando de la vida personal de cada uno”, “hay veces que es mejor no reunirse entre todos porque se hace más pesado y terminamos sin hablar de lo que hay que hablar” “se nos hizo la hora y no pudimos hablar de ningún caso”, son algunas frases que ilustrarían este fenómeno.

Considero entonces que no siempre un grupo está en condiciones de ponerse al servicio de la tarea y  ocurre que “hacer equipo” (y más aún si es interdisciplinario) puede resultar dificultoso si no se analizan las variables subyacentes (contextuales, institucionales, grupales, personales) que día a día atraviesan el trabajo. Si no comprendemos esto,  la interdisciplina corre el riesgo de pasar a ser un leit motiv, una ley sin fuerza vinculante. 


¿Por qué nos costará tanto comprender que así como es necesaria la supervisión de casos clínicos cuando atraviesan variables que impregnan el trabajo del analista, en las instituciones también es fundamental la reflexión de lo que nos sucede trabajando con otros?

La diferencia del “entre” nos encanta mientras aporta una diversidad tolerable, pero cuando moviliza en lo más profundo, la regla es la exclusión.

ALGUNAS REFLEXIONES DE CIERRE

…HASTA PRÓXIMO AVISO…

La in(ter)disciplina no es buena per se. Ni es mejor, ni más verdadera, ni más eficiente. Sin embargo, en un mundo complejo la in(ter)disciplina se convierte en una posibilidad creativa de trabajar con otros y en un recurso trasformador a la hora de concebir los problemas.

Hoy el sujeto navega en un mar de contradicciones. Para evitar que el trabajo in(ter)disciplinario sea también una contradicción es necesario dejar de utilizar la palabra “interdisciplina” con una intención de mero “esteticismo” intelectual o como un eslogan institucional.  En esa brecha creciente entre lo que se dice y se hace en las instituciones, y una praxis enfrentada con apremiantes demandas, la in(ter)disciplina se nos propone como una herida dolorosa, un espacio de creación, un debate, un trabajo, una posibilidad.


Bibliografía

Written by 

Psicóloga y Comunicadora Social Residente de RISAMIJ gonzalezz.sofia@gmail.com

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