Apuntes históricos para entender nuestro presente “psi”

(…) la historia tiene una importancia estratégica porque incide en cómo se procesa el presente y en cómo se imagine el futuro” ( Fernández, 2008  p. 89).

Podemos afirmar que a lo largo de la historia, la psicología como ciencia ha privilegiado un enfoque que puso el énfasis en los aspectos individuales o intrapsíquicos de los fenómenos, desconociendo o invisibilizando muchas veces las condiciones sociales. Esta “tendencia” se encuentra en los orígenes de la constitución del campo disciplinar psicológico: por ejemplo, a la vez que se instituye como hito fundante el laboratorio experimental de Wundt en Alemania, quedan en un segundo plano sus trabajos sobre la psicología de los pueblos, y la necesidad que expresaba de considerar el “entorno mental” para una comprensión más acabada de los fenómenos psicológicos (Amarís Macías, 2007).

La “psicologización” de fenómenos propios del campo social (Fernández, 2007) a la que incurre frecuentemente la psicología lleva a un desconocimiento de las condiciones sociales en que estos fenómenos suceden y la incidencia en su desarrollo. Asimismo, muchas veces opera a través de un traslado acrítico de conceptos producidos en la clínica individual o familiar a fenómenos sociales sin articulaciones o reformulaciones en función del nuevo contexto de aplicación.  

A nivel nacional, Argentina cuenta con la particularidad que desde muy temprano la psicología se relacionó con el psicoanálisis. Esta relación se dió, o bien, incorporando los desarrollos psicoanalíticos como fundamentos de la psicología bajo la idea de una psicología con base psicoanalítica (Dagfal, 2012); o bien se fundió con el mismo, entendiendo al psicólogo directamente como psicoanalista (González & Dagfal, 2012).

Con todo, la psicología psicoanalítica argentina no fue la excepción a este régimen de saber que privilegió una explicación focalizada en las razones personales por sobre los componentes sociales de los procesos psíquicos (Klappenbach, 2000). Uno de los factores que influyó en tal situación fue que la recepción de la obra freudiana resultó atrapada por una diferenciación que en ningún momento fue propuesta por el autor: todas aquellas producciones que presentaron un interés claro por lo social (como “El Porvenir de una Ilusión”, “Psicología de las Masas y Análisis del Yo”, “El Malestar en la Cultura”, entre otros) se definieron como “escritos sociales”, y pasaron a ocupar un lugar diferenciado del resto de la producción psicoanalítica considerada pura o sin adjetivos.

Esta adaptación resulta a contrapelo de toda una tradición psicoanalítica que representó en sucesivos momentos y en dimensiones diferentes, un verdadero acontecimiento en el mundo de las ideas. No olvidemos que Ricoeur (1990) ubicó a Freud entre los filósofos de la sospecha, junto a Marx y Nietzsche; tres intelectuales que supieron subvertir el orden de las cosas en lugar cruciales: en lo económico, en la moral y en la conciencia.

Ni psicólogo, ni psicoanalista, agentes de cambio social

Este campo de intersecciones entre el psicoanálisis y la  psicología hunde sus raíces en un período de posguerra en el que los movimientos internacionales de salud mental caracterizarían una época de confluencia y articulación entre corrientes teóricas diversas (González & Dagfal, 2012). Por entonces, encontramos una serie de proyectos (entre los que podemos destacar a Pichón Rivière y José Bleger) que se proponían buscar articulaciones entre psicología, psicoanálisis y corrientes filosóficas como el marxismo y el existencialismo (Dagfal, 2012).

El común denominador que posibilitó estas articulaciones yacía más en su horizonte político que en sus fundamentos epistemológicos, sintetizado en palabras de Bleger (1966) bajo la comprensión del rol del profesional psicólogo como agente de cambio social. Un desplazamiento que va del ser psicólogo y/o ser psicoanalista hacía una pregunta sobre los horizontes que habilitan las herramientas conceptuales. Posiblemente, este desplazamiento permitió evitar ciertas coagulación identitaria en la producción científica, generando condiciones que favorecieron el intercambio.

Lo que resulta interesante es que tanto el psicoanálisis como la filosofía eran consideradas no como sistemas teóricos cerrados, sino como herramientas o instrumentos que buscaban reflexivamente el cambio social. Es decir, implicaba una posición particular frente al discurso; una posición que albergaba la pregunta sobre la herramienta conceptual en términos de operatividad -algo que se percibe claramente en la valoración pichoniana del carácter referencial y operativo de los esquemas conceptuales. La práctica psicológica implicaba explícitamente una reflexión acerca del para qué, del sentido en términos éticos-políticos.

Dictadura y democracia; repliegues y aperturas

Luego, el golpe de Estado del año ‘66 representó un quiebre y un repliegue cada vez mayor en la formación y producciones psicológicas que quedaron eclipsadas bajo los mandatos de una matriz identitaria psicoanalítica lacaniana (González & Dagfal, 2012). La última dictadura cívico-militar [1976-1983] terminó de inclinar la balanza hacía una práctica que encontró en la defensa de la singularidad su principal batalla política. En un contexto de persecución y represión de prácticas grupales y colectivas, la clínica individual privada resultó lo posible para la psicología (Dagfal, 2012).

En lo referido al ámbito profesional, aún hoy encontramos que las condiciones que se definieron en aquel período persisten: una marcada orientación hacia la psicología clínica (entre el 50% y el 90% de los profesionales argentinos/as se dedican a esta área [Alonso & Klinar, 2013]), y dentro de ella, la psicoanalítica individual en el ámbito privado (Casari, 2012).

Las décadas siguientes al último proceso dictatorial iniciaron un lento proceso de recuperación y producción de conocimientos desde esta perspectiva que permite articular el psicoanálisis con el campo social. Aquí debemos destacar en lo teórico los desarrollos referidos a la subjetividad que abrieron un diálogo con el sujeto del inconsciente psicoanalítico (Bleichmar, 2009) y en lo político la disputa que se dio en las últimas décadas por un paradigma de Salud Mental desde una perspectiva de Derechos Humanos.

¿A hombros de gigantes?

Podemos decir en retrospectiva que si bien los desafíos que esta historia nos deja son grandes; también encontramos maestras y maestros que nos antecedieron y nos inscriben en un linaje de intelectuales que invitan a la creación y el compromiso activo con nuestra época. Retomando la comparación de Ricoeur, considero que el punto en común que el autor señala constituye para el psicoanálisis su mejor versión: un psicoanálisis crítico y capaz de subvertir la realidad social.

Referencias

Alonso, M. & Klinar, D. (2013). Los Psicólogos en Argentina. Relevamiento cuantitativo 2013. V Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología; XX Jornadas de Investigación; 9º Encuentro de Investigadores de Psicología del Mercosur. Buenos Aires, 27-30 de Noviembre (poster).

Amarís Macías, M. (2007). “Panorama y fundamentos de la psicología social”. En C. Arboleada (Ed.) Psicología Social. Teoría y práctica. Barranquilla: Ediciones Uninorte.

Bleichmar, S. (2009). El desmantelamiento de la subjetividad: estallido del yo. Buenos Aires: Topia.

Bleger, J. (1966). Psicohigiene y psicología institucional. Buenos Aires: Paidós.

Casari, L. (2012). Psicoterapia como Actividad Privada en Argentina. Eureka [online], 9, (1). 98-105. Recuperado de: http://pepsic.bvsalud.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2220-90262012000100011&lng=pt&nrm=iso>

Dagfal, A. (2012). Historias de la psicología en la Argentina (1890-1966). Entre ciencia natural y disciplina del sentido. Ciencia Hoy,  21. 25-29.

González, M. A. y Dagfal, A. (2012). El psicólogo como psicoanalista: Problemas de formación y autorización. Entre la universidad y las instituciones. Intersecciones Psi, 2. 12-18.

Ilustración: Horacio Zabala. Hacha. 1972-1978

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