Psiquismo y poder: un vínculo apasionado

¿Cuáles son las relaciones que se establecen con el poder a nivel de los psíquico? ¿Cómo opera? ¿A través de qué mecanismo? ¿Cuáles son las condiciones psíquicas que posibilitan su funcionamiento y su capacidad productora de subjetividades? Para avanzar en este camino, a continuación tomaré algunos desarrollos de un temprano trabajo de Judith Butler (2001) titulado, precisamente, “Mecanismos Psíquicos del Poder”. Retomo a continuación algunas conclusiones de los diálogos que va estableciendo entre Foucault y el psicoanálisis freudo-lacaniano a lo largo del libro.

Lo primero que hay que decir al respecto es que existe una subordinación fundacional al poder (Butler, 2001). Desde los primeros tiempos del desarrollo psíquico se produce un vínculo apasionado hacía quienes dependemos plenamente (madre, padre, tutor). Vínculos que no son políticos en sentido estricto, pero definen a la relación con el poder como una condición de posibilidad para nuestra constitución, así como para nuestra potencia posterior.

Debido a que esta sujeción primaria representa la posibilidad de sobrevivir, como sujetos poseemos una vulnerabilidad constitutiva, fundamental, al sometimiento del poder. El deseo de persistir, de sobrevivir, está estrechamente ligado a un existir social que en su emergencia se encuentra subordinado a esta existencia alienada. Si existe un vínculo apasionado con el poder, debemos decir que existe también un vínculo obstinado con el deseo (Butler, 2001) que preferirá una vida en la subordinación  a una no-vida; que no dudará en elegirla si es lo que se prefigura como lo único capaz de ser deseado. Ante la falta de alternativas, ante la imposibilidad de elegir otros caminos, el sujeto deseará lo posible. Esto puede aportar comprensión a las dificultades y obstáculos que se encuentran, por ejemplo, en las iniciativas que buscan la transformación del lugar y las categorías sociales que estos vínculos primarios posibilitaron -estigmatización o desigualdades de género-, ya que da cuenta de la complejidad psico-afectiva en la que el sometimiento se asienta.

En el plano psíquico, el sometimiento opera a través del carácter regulador del poder (Butler, 2001), lo cual no implica una operación mecánica o lineal. Más bien, la interiorización de la norma resulta un elemento estructurante del psiquismo, produciendo una intrincada relación y co-existencia entre poder y aparato psíquico: “El funcionamiento psíquico de la norma ofrece al poder regulador un camino más insidioso que la coerción explícita, cuyo éxito permite su funcionamiento tácito dentro de lo social” (p. 32). El poder adquiere a través de los mecanismos psíquicos del repudio y la represión la capacidad de condicionar formaciones subjetivas posibles, de delimitar las posibilidades de vinculación e identificación.

En primer lugar, el repudio le otorga la posibilidad de incidir entre los vínculos posibles e imposibles, entre aquello que se configura como posible de amor y de identificación, y aquello que queda sistemáticamente por fuera de dichas posibilidades. La violencia originaria del poder se ubica en este punto. No en la represión de deseos existentes –como señaló Foucault (2008b)-, sino en las definiciones de lo posible de ser investido y lo que no. La idea de una violencia primaria que define lo posible de vincularse, de desear, permite comprender la incidencia del poder en las condiciones de subjetivación, algo que Foucault fórmula, pero no describe a nivel del sujeto.

En segundo lugar, en relación a la represión, el poder obtiene allí una transmutación, generando de parte del sujeto una apropiación del mismo. La constitución del sujeto implica una vuelta del poder consigo mismo, un repliegue que habilita el paso del individuo al sujeto. Butler (2001) ubica este momento de repliegue -siguiendo al psicoanálisis- en el momento fundacional del inconsciente: la subjetivación conlleva la negación de un aspecto de sí que se relaciona con la represión de esta dependencia primaria al poder. Imposible, entonces, asumir un sujeto fuera de esta sujeción que nos acompaña a lo largo de la vida. De igual modo, imposible el despliegue del sujeto sin la negación –al menos parcial- de este vínculo apasionado al poder.

Entre el poder pre-existente al sujeto y el interiorizado, entre el poder que subordina y el poder que se asume y posibilita la potencia, no existe una continuidad inalterada sino que opera una transformación en su interior, una separación e inversión (Butler, 2001). La transformación que se genera en el pliegue o retorno subjetivo es tal que permite, incluso, que esta apropiación del poder se vuelva contra aquel que fue su condición de posibilidad. Se puede pensar, entonces, en dos modalidades temporales del poder en el plano del sujeto: como algo anterior, externo y previo; y como un efecto del sujeto, como su apropiación y uso estratégico. El sujeto es, en este sentido, el lugar dónde el poder habita y se reitera, se re-articula; es quien permite la retroalimentación entre las dos modalidades temporales descriptas.

A diferencia del psicoanálisis, el cual entiende que la resistencia encuentra su condición de posibilidad en lo imposible de domesticar del inconsciente, en lo que escapa a lo simbólico; en Foucault, la resistencia reside en el mismo registro simbólico, el cual alberga lo indeterminado. La capacidad multiplicadora de la rearticulación que acontece en los sujetos inaugura también la posibilidad libertaria. De acuerdo a Butler (2001), es posible distinguir dos tipos de subversión en los análisis de Foucault: casos en los que emergen del desborde de los fines normalizadores de un dispositivo; o bien, casos que se originan en una convergencia inter-discursiva que habilita la resistencia contra los discursos de origen.

El cuerpo ocupa un lugar central en todo esto. Para Foucault (1979), representa una “[…] superficie de inscripción de los sucesos (mientras que el lenguaje los marca y las ideas los disuelven), lugar de disociación del yo (al cual intenta prestar la quimera de una unidad substancial), volumen en perpetuo derrumbamiento” (p. 14). La subjetivación se produce a la vez en el cuerpo, y a costa de él, en contra de su integridad. Butler (2001) da cuenta de la fuerte presencia de una lectura psicoanalítica en este punto: el yo corpóreo freudiano como superficie de proyección y como residuo de identificaciones. De hecho, el psicoanálisis ofrece una lectura más compleja de este proceso, al definirlo como identificación le reconoce al sujeto un papel activo en esa configuración, cuando Foucault lo vuelve una agente pasivo donde las inscripciones se realizan.  

El repertorio de identificaciones y repudios posibles se define, entonces, en función un socio-histórico preciso, determinado, el cual está también inscripto en determinados dispositivos de saber-poder. Desde esta perspectiva, la comprensión de la subjetivación necesariamente implica un análisis de los dispositivos y tecnologías de gobierno en la que se traman.

Referencias:

Butler, J. (2001).  Los Mecanismos Psíquicos del Poder. Teorías Sobre la Sujeción. Madrid: Ediciones Cátedra.

Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. Madrid: Las  Ediciones de la Piqueta.

Ilustración: Michel Foucault por Sergio Aquindo

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