¿Una psicología al rescate del pensamiento?

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Por más que la sociedad pueda ganar con el hecho de hacer de la maternidad una ciencia, priva al individuo de ciertos influjos que otrora tenían fuerza formativa en la vida social” Max Horkheimer.

Hace ya tiempo que una gama de conductas novedosas nos obliga a pensar. Desde la psicopatología psicoanalítica se las ha definido como padecimientos que se ubican en los bordes de las estructuras clásicas: acciones compulsivas, adicciones, anorexias, bulimias. El DSM, en su afán de patologizar la vida, le adjudica una multiplicidad de diagnósticos. Estamos en una sociedad que encuentra en la patologización una forma de control social magnífica, a la vez que un modo de esconder bajo la alfombra la grave crisis civilizatoria a la que nos han conducido -y nos encargamos de reproducir. Precisamente por esto es importante continuar con los esfuerzos por comprender los procesos sociales en el que estas configuraciones subjetivas se dan. Con este objetivo, quisiera presentar una lectura psicoanalítica propuesta por uno de los máximos representantes de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer (1895-1973).

critica-de-la-razon-instrumental-max-horkheimerPara Horkheimer (1969), una de los motivos de las crisis civilizatoria de su época era la degradación de un pensamiento que se dedique a buscar las metas últimas, los fines éticos, lo bello. En cambio, una razón instrumental -esa razón que divide lo real en medios y fines- se ha vuelto hegemónica con la modernidad y el capitalismo. Para ella, carece de sentido la búsqueda de los fines últimos de la existencia, ya que no existen fines más razonables que otros. Todos son relativos y adecuados a los intereses de los actores. Este trueque en el marco de la racionalidad -en la que los medios son racionales pero los fines no necesariamente- tiene su máximo exponente en el nazismo, donde los medios eran sumamente racionales pero sus fines nefastos.

Esto tiene consecuencias en la vida cotidiana de la gente. Produce un desfonfamiento del pensamiento y de los sentidos. Afirma Horkheimer: “Cada vez hacemos menos una cosa por amor a ella misma” (p. 48). Una actividad sólo es razonable si responde a otro fin: relajarnos para el trabajo, hacer deporte para obtener más salud. No existen “verdades supremas”, ni actividades que se validen en sí mismas; sólo medios para otros fines. Con ello, el pensar es reemplazado por ideas estereotipadas que sirven para conseguir determinados fines.

muertealpensarLa experiencia humana ingresa en la perversa lógica del utilitarismo y el pragmatismo. La realidad, sin ningún tipo de ideal que se le oponga, se vuelve única, aplastante. El sujeto autónomo se desdibuja y su exigencia es adaptarse a la verdad/realidad: “Las fuerzas económicas y sociales adoptan el carácter de fuerzas de la naturaleza a las que el hombre, a fin de preservarse, debe dominar mediante la adaptación a ellas” (p. 108). Esto tiene dos consecuencias: por un lado, un yo vaciado de todo sentido excepto el referido a convertir todo lo que encuentre en medio para su preservación; por el otro, la realidad degradada a simple materialidad que debe ser dominada: los animales en obstáculos, el paisaje en un lugar para publicitar. “El principio del dominio es el ídolo al que se sacrifica todo” (p. 116), y el concepto de yo es un exponente de su evolución histórica.

El proceso civilizatorio, de acuerdo al autor, impone la represión de deseos que cada vez se tornan más irracionales, y esto acrecienta la predisposición al resentimiento hacia la sociedad en su conjunto y a su instancia psíquica, es decir, el yo. Este proceso se inicia en la infancia, y tiene a los padres como actores principales. Las exigencias que la modernidad requiere son aquí instauradas -resistir la presión de los impulsos, distinguir claramente entre el sí mismo y el otro-, a ser eficaz: “dicho brevemente, sirviéndonos de la terminología de Freud, a ir formando un superyó que unifique dentro de sí todos los así llamados principios que erigieron ante él su padre y las figuras paternas” (p. 120). El niño o la niña no comprende los motivos de tales exigencias, sino que responde para no ser castigado o para no perder el amor de sus padres, “pero el sufrimiento que va unido a la sumisión perdura, y así desarrolla contra su padres una profunda enemistad que finalmente se transforma en resentimiento contra la civilización misma” (p. 121).

El odio a la sociedad no representa, de acuerdo a Horkheimer, una proyección de problemas internos, sino una ausencia de recompensa frente a la excesiva represión pulsional que se le ha impuesto. Si antaño la Iglesia mediaba en la constitución del matrimonio, la convertía en sacramento a la vez que toleraba las fiestas y los excesos. En la actualidad, el matrimonio está puesto exclusivamente al servicio de la conformidad social, la industria del esparcimiento es uno de sus principales propulsores y la vida instintiva se adapta cada vez más a la cultura del mercado. Por todo ello, el autor sostiene que “las frustraciones provocadas por esta tendencia se encuentran en la base del proceso civilizador; se los debe comprender filogenética y no ontogenéticamente, pues en cierta medida los complejos psicológicos reproducen la historia primaria de la civilización” (p. 122).

Referencia:

Horkheimer, M. (1969). Crítica de la razón instrumental. Buenos Aires: Sur

Imagen extraída de: https://es.pinterest.com/macrisone/humor-para-reflexionar/

Author: Francisco Ghisiglieri

Por título, psicólogo. Por trabajo, becario doctoral CONICET/UCC, colaboro en el Proyecto Guadix y estoy en la cátedra de Grupos de la UCC. Nací en Colonia Caroya, aunque tengo una relación extra-matrimonial con Córdoba. Un proyecto: jubilarme lo antes posible y dedicarme a cosas que realmente importan como el ajedrez, la literatura y la jardinería. Correo: franciscoghisiglieri@cordobapsi.com FB: Francisco Ghisiglieri

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